Que el amor, la gracia, la paz y el gozo de nuestro Señor Jesucristo sean plenos y rebosantes en ustedes, amados hermanos, amén.
El Señor Jesucristo es un ser lleno de victoria y poder. Despedidos esos saduceos ignorantes se vieron impelidos a cercarlo físicamente, se ponen de acuerdo y viajan a hacia donde estaba el Señor Jesucristo para hacerle frente -torpemente hicieron esto, porque creyeron ingenuamente tal propuesta.
El Señor ya sabía esto y, conociendo su aversión a la justicia y al conocimiento espiritual de Dios, es que los dejaba ir con toda la respuesta implícita para los ignorantes y muy explícita para ellos y dejarlos confirmados en su maldad y perdición.
Y es que, no conformes e insatisfechos por los nulos resultados contra Cristo, siguieron tomando consejo sobre cómo tomarlo desprevenido y ahora le echaron montón plantearle una pregunta dolosa, mañosa y perversa, puesto que, sabiendo ellos que Jesús enseñaba con una autoridad no dada por ellos y declaraba la verdad de los dichos de la ley en su aplicación vivencial fuera de sus ritos, usó y osó un intérprete de entre ellos de formular tal pregunta.
La ominosa pregunta es justamente el título de este número.
Pero primero leamos el contexto escrito en Mateo 22:34-40:
34 Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una. 35 Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: 36 Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? 37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el primero y grande mandamiento. 39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.
Jesús, sabiendo que este cúmulo de porfiados rebeldes habría de insistir por un poco más, los deja de nuevo exhibidos y ridiculizados. La pregunta tenía por objeto no declarar el mensaje de sabiduría, sino que, de alguna manera, provocar que Cristo cayese en una contradicción o bien imposibilidad de contestar.
Por tanto, no se muestra temeroso de declarar cuáles eran, no uno, sino dos mandamientos de la ley estaban por encima de los demás, como si fuese superior incluso al patriarca Moisés, expositor y promulgador de la ley por obra y gracia del Padre en su papel de Jehová Dios siglos atrás.
Y con singular gallardía habla al pueblo y honra al Padre declarando: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Es decir, tras proclamar esto, arenga al pueblo para que practique con toda sinceridad este mandamiento y, haciéndolo con fe, puedan ellos tener el acceso total a la reconciliación. Al mismo tiempo, exhibe la condenación -porque el mismo Jesús no los condena, sino que les demuestra que por ellos mismos son condenados por aborrecer a Dios al ser faltos de esta ley- por cuanto no se hallan dignos de la vida eterna.
Ellos saben que no aman a Dios y fingen amarlo.
Sin embargo, todavía les deja otro mandamiento lapidario de sus malas obras. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Es decir, la confirmación de la parte y suerte de ellos con el infierno, sin siquiera profundizar y sin darles más palabras que las anteriores. ¿Por qué? Porque el Señor martilla el principio de toda buena obra en estos dos mandamientos y ellos son merma fuera de esta construcción del varón perfecto.
¡Amar al prójimo es amar a Jesucristo!
¿Y lo amaban ellos? ¿Amaron a quien veían? ¿Amaban a Quien no veían? ¿Podrían hacerlo? Ellos ya eran asesinos y por tanto, condenados. La pregunta era para cazar el alma del Hijo de Hombre y ellos se vieron presas y víctimas de su propio lazo. El mismo Moisés les declaró que para ser miembros del pueblo de Dios debían amar al prójimo, fuese quien fuese y ellos debían haber amado a Jesucristo tan solo por ser parte del pueblo, pero ellos lo odiaron y buscaban destruirlo a como diese lugar.
Por eso es que, hasta nuestros días, ese linaje está condenado por cuanto no dobla rodilla ante su Dios y ante su Cristo. Y quienes no lo hagan, son partícipes y culpables de la muerte del Cordero Inmolado. El pasaje no termina, porque ellos estaban pensando todavía “¿qué le decimos?” cuando se da paso a otro testimonio de poder de Jesucristo, Todopoderoso Hijo de Dios y Señor, Salvador y Maestro nuestro, amén.
Que el amor, la gracia y paz del Señor Jesús sea en todos ustedes, amados hermanos, amén.
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